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La cultura de la cancelación o por qué ‘personalizamos’ problemas en redes sociales


Para quien llegue del futuro, contexto: el día de ayer (16/02/21), la tuitera estadounidense Becca Sherman tuiteó una invitación a sus compatriotas para venirse a hacer trabajo remoto a México, subiendo la foto de un pasillo de una colonia céntrica de la CDMX.

Su tuit tuvo una oleada de respuestas de personas mexicanas que le comentaron alguna variante del mensaje “no vengas”, argumentando que los “nómadas digitales” gringos han traído múltiples problemas a la ciudad, entre ellos, que encarecen precios de renta y vida en una ciudad de por sí carísima.

Una de esas respuestas fue la mía.

cesar galicia twitter

El tuit de Becca, sumado a sus múltiples respuestas, despertó (¿o reavivó?) conversaciones necesarias sobre varios temas, entre ellos, la urgencia de leyes de vivienda que frenen la gentrificación, la especulación inmobiliaria y la exigencia de una vida más digna en los espacios urbanos, particularmente para las personas más precarizadas.

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Ese es el tema. Esa es la discusión urgente. Y para quien quiera saber más (porque necesitamos saber más), aquí está el link de un espacio en Twitter que armó la brillante abogada Carla Escoffié, @kalycho, donde discuten sobre ello. Por favor, no dejen de escucharlo.

Dicho esto, viene una aclaración necesaria: en este texto no voy a hablar del tema urgente.

De lo que voy a hablar, en cambio, es de Elon Musk.

(Ya sé, ya sé, denme chance).

Para quien llegue del futuro, contexto: Elon Musk es una de las personas responsables de que tú, visitante del futuro, ya no conozcas el concepto de “árboles”. O quizás el futuro no resulta ser tan dramático (ojalá), pero bueno, podemos argumentar que Elon no es necesariamente la mejor persona en este planeta.

Es un billonario que hizo su fortuna a través de la explotación de minas en África, manipula constantemente el mercado bursátil a su antojo, evita sistemáticamente pagar impuestos para acumular más riqueza, participa de la explotación humana y animal, entre otras cosas. Y, además de todo, resulta que es una persona muy irritante.

Si no coinciden con mi percepción de Elon, está bien, no es relevante para el punto que quiero elaborar. Lo que quiero decir es: Elon me da coraje. 

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Encarna varios de los aspectos que yo considero los peores males del mundo y, además, lo hace de una forma en que queda impune. Es como un supervillano de cómics: sería cómico si, de hecho, no fuera absolutamente peligroso e inhumano su paso por el mundo.

Cuando escribo estas palabras, siento un pequeño placer curioso. Me da gusto rantear contra Elon Musk. Yo sólo, en mi pequeña individualidad, no puedo hacer nada para que los billonarios paguen impuestos, pero puedo burlarme de Elon Musk cada vez que dice una estupidez. En ese acto, obtengo un pedazo de satisfacción y consuelo por una injusticia que parece irresoluble.

Sí, Elon Musk, es parte del grupo pequeño de personas que destruyen el planeta en el que vivo, pero al menos durante un breve parpadeo de la historia puedo regalarme la sensación de justicia de que, al menos, me pude reír de que es un tarado.

Las redes sociales necesitan este tipo de interacciones. Se sabe: la polarización es el alimento del monstruo que requiere engagement infinito. Todo está diseñado para ello: la brevedad (por restricción de caracteres o tiempo de video) impide compartir ideas con matices y favorece los punchlines ingeniosos sobre las ideas complejas.

El sistema de compartir y dar like promueve el consumo de los contenidos más polémicos y la creación de niche internet celebrities.

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El todopoderoso algoritmo favorece eso que retiene la atención de la audiencia, sin importar el motivo (y resulta que nuestra atención no siempre es retenida por los más adecuados). El monstruo me dice “aliméntame y te haré sentir poderoso” y yo caigo, como también lo hacemos millones de personas alrededor del mundo, en todo momento.

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El tuit de Becca despertó al monstruo. Pero como una reacción en cadena, pasado el momento de euforia colectiva inicial, otras opiniones al respecto comenzaron a surgir. Algunas pocas de ellas tuvieron que ver con señalar distintos sesgos o contradicciones que surgían en quienes respondimos el tuit.

Dos en particular me llamaron la atención:

nomadas digitales mexico twitter

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La verdad es que estoy de acuerdo con ambos tuits.

Al menos en parte. Porque si pienso honestamente en lo que me llevó ayer a responder, no fue que creyera que mi tuit iba a ser una parte fundamental de la estrategia por tener una mejor ciudad o algo por el estilo. No. Resulta, más bien, que tengo tripa y que esa tripa a veces me vence.

Sé, por ejemplo, que los “nómadas digitales” sí impactan en las dinámicas de vivienda y precios, de maneras casi siempre (si no siempre) perjudiciales para la población nativa del país (y no sólo en la CDMX y no sólo en ciudades mexicanas).

Pero también sé, como señaló María Angélica, que el peso de la culpa no reside directamente en ellos en tanto individuos, sino que más bien es la expresión de un fenómeno estructural relacionado con el mercado de la vivienda, las dinámicas de la gentrificación y la falta de regulación del Estado, entre otras cosas.

Y también sé, como muy bien señaló Paloma Parda, que “personalizar” un problema estructural no es útil y que, más veces de las que no, sólo sirve para obtener algún tipo de satisfacción personal. Escribir lo que escribí no iba a abonar a una discusión, sólo iba a ser ruido. Y sin embargo, tuiteé.

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(Paréntesis 1: resulta que algunas veces esas reacciones terminan encendiendo una llama que alienta acciones más constructivas, como el espacio que les comenté hace rato y que vuelvo a linkear porque, en serio, tienen que escucharlo).

(Paréntesis 2: la parte en la que no estoy necesariamente de acuerdo con la discusión que comento es la generalización de que las respuestas son xenofobia disfrazada. La razón por la que creo esto es porque el origen del señalamiento no es “el odio al extranjero”, sino el rechazo a las consecuencias negativas (medibles y observables) que una forma muy específica de migración laboral de parte un grupo de personas muy reducido y muy privilegiado traen consigo. Al menos así es en mi caso.

(En lo que sí estoy de acuerdo es que la personalización de un problema estructural no es una forma muy útil de comunicar el descontento y que es completamente entendible que el mensaje se tergiverse. Esta es una discusión más amplia que no tocaré más en este texto y que por eso sólo pertenece a este paréntesis largo. Fin del paréntesis).

Sería fácil desacreditar la personalización de lo estructural en medida de que su origen y efectos suelen pertenecer menos a lo “racional” que a lo “visceral”. No creo que sea necesariamente el caso. La personalización de lo estructural tiene una función emocional: ayuda a regular la frustración. Y eso no es poca cosa cuando se considera la magnitud de lo estructural. Los problemas estructurales no pueden tocarse, ni se les puede exigir una respuesta, ni tienen rostro o nombre. Las personas que los encarnan, sí. Por eso es entendible que suceda el fenómeno.

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(Un tercer paréntesis: Es curioso: muchos de los tuits que con mucha razón señalaron este problema también cayeron en cierto modo en la personalización. No con la misma virulencia o saña, probablemente, pero “regañar” a quien no tiene los mismos conocimientos sobre la estructura que uno, o a quien desde un momento de frustración dijo una imprudencia sigue siendo en cierto modo parte de lo mismo. ¿O vamos a negar que no existe una satisfacción de ser quien alecciona al aleccionador? ¿O la satisfacción de mirar con distancia una discusión y anunciar cómo uno está por encima de eso? ¿O la de conseguir el like de la gente “realmente crítica” que está de acuerdo con nuestro punto? Una respuesta más pedagógica y útil ante estos casos suele generar material educativo: un hilo, texto o video explicando el asunto, pero ps no siempre hay vida, energía, tiempo, paciencia o claridad para ello. Tampoco es responsabilidad de nadie más que de quien quiera tomarla. Pasa y ya. La frustración nos lleva a replicar sesgos molestos, improductivos y no necesariamente útiles o educativos. De nuevo: las redes sociales, con sus formatos que invitan a la brevedad, la polarización y al engagement sin fin, nos incentivan a esa respuesta específica. Y, por cierto, no me refiero necesariamente a los tuits que cité, no personalicen, oigan).

Todo el tiempo estamos personalizando los problemas que nos afectan. 

En cierto modo es inevitable. Reconocer esto no implica una justificación de sus consecuencias, pero creo que sería útil para tener un mayor control de esta respuesta emocional que tiende a ocurrir cuando nos frustramos. Estoy en la calle y un conductor se pasa el alto.

El problema estructural es el mal diseño vial, la falta de educación al respecto, los nulos incentivos que existen para que las personas respeten el reglamento de tránsito, qué sé yo. Pero en el momento no pienso eso. En mi mente sólo aparece un mensaje: “ugh, pendejo”. Chance la persona que se pasó el alto tenía una emergencia médica. Chance fue un descuido no intencional. Chance sí es sólo un pendejo y tantos siglos, tantos mundos, tanto espacio y coincidir. Da igual, personalizo el problema porque es una de las formas más inmediatas que tenemos para procesar la frustración que llega cuando se manifiesta lo estructural.

Esta respuesta es todavía más entendible cuando viene de personas que experimentado directamente el ominoso peso de la violencia estructural.

En 2018 mataron a mi compa Manu: el chofer de un camión se pasó un alto y lo atropelló mientras él andaba en bicicleta. Cuando veo a alguien cometiendo una falta vial, no puedo evitar reaccionar con una furia intensa que me hace concebir a la persona que cometió la falta como representante de todo lo que está mal en el mundo. La herida es grande y la furia también.

Esto lleva a que la respuesta también tenga un aspecto positivo de vez en vez: en ocasiones, las personalizaciones sirven de mucho.

Si puedes palpar y nombrar una dimensión de lo estructural, es más fácil sentir que tienes control sobre ello y, por lo tanto, se abren puertas para la acción. Varias leyes se han creado a partir de personalizar problemas individuales, tomarlos como estudios de caso y accionar desde ahí (la muerte de Manu, por ejemplo, funcionó para impulsar la Ley de Movilidad y Seguridad Vial).

Por poner otro ejemplo, uno no puede hacer mucho para detener al “Patriarcado” en tanto entidad no tangible, como tampoco puede palpar con las manos el problema del acaso que de ahí deriva. Lo que sí se puede hacer es percibir con los sentidos a sus peores representantes y, de ese modo, demostrar su existencia en tanto fenómeno estructural y pensar en acciones concretas que luego repercutan en el orden de la estructura. El caso del acosador Pedro Salmerón es uno de ellos.

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Lo cierto es que, quizás más veces de las que no, las personalizaciones no necesariamente llevan a algo “constructivo” y sirven simplemente como un desfogue de la tensión.

Todo el caso de Becca representa eso: yo siento que no puedo hacer nada directamente contra la burbuja inmobiliaria, pero al menos puedo obtener algún tipo de satisfacción si me descargo contra lo que he designado como una de sus representantes.

Esta sensación se viraliza y comienza a alimentar al monstruo. Y es cierto: la atención comienza a desviarse y, con ello, se alimentan también los peores monstruos internos.

Por eso también entiendo que el tuit que publiqué haya despertado una molestia particular en ciertas personas.

En las redes sociales, algunas voces tienen más peso que otras, y en ese microcosmos que es Twitter, resulta que la mía es una que tiene “un” peso o dimensión particular (que ni yo termino de entender, pero bueno, en eso ando).

En general, ese alcance que tengo lo uso para hacer educación y, con la excepción de breves momentos que han venido desde la tripa, la imprudencia o la frustración, creo que no lo he hecho mal y me siento bastante orgulloso de mi huella digital. Y eso no está peleado con el hecho de que sí dije algo imprudente al responderle a Becca. Definitivamente no lo considero grave en el gran esquema de las cosas, pero que fue visceral, sesgado y que no abonó nada a lo que sé que es la discusión urgente. No fue mi mejor momento, sin duda.

Reconocerme en el monstruo me hace ver otra cosa: dije algo que, en alguna medida, abonó a lo que probablemente fue un muy mal día de una persona que definitivamente no lo merecía. En una de esas ni fue el caso, pero en una de esas sí. Esto me avergüenza. Porque si hay algo que tengo consciente de lo que quiero que sea mi interacción con otros seres humanos, sea en persona o en internet, es que detesto hacer sentir mal a la gente. No me gusta. En general, desde hace años, procuro no ensañarme con nadie ni hacer nada que pueda afectar a otras personas. Claro que el bichito del comentario facilón y burlón está ahí y de repente le doy chance de manifestarse de formas que procuro que sean inocuas. Pero resulta que de la tripa venimos y a la tripa vamos y a veces no lo logro del todo.

He estado en el lugar de la “cancelación” y se siente horrible. Y me da coraje conmigo mismo al reconocerme en ese lugar.

Por eso entiendo por qué hay gente que leyó mi tuit y sintió algún tipo de satisfacción schadenfreudesca de ver que manifesté una contradicción y, bueno, adelante, se vale hasta cierto punto, supongo.

El alcance en redes sociales es una cosa rara (créanme por un segundo, es una cosa rarísima e increíblemente difícil de comprender en su totalidad cuando formas parte de ello) y escribo esto un poco como parte del ejercicio diario que hago para entenderlo y ser más responsable con ello. Y si salió bien, quizás despierte alguna reflexión en alguien más.

Lo que quiero decir en realidad es que siempre es moralmente correcto burlarse de Elon Musk.

¡Ah! Y que urge una nueva ley de vivienda #LeyInquilinariaYa

Y bueno, cómo dijo una sabia filósofa alguna vez, Twitter is wild, uh?



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