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Mirar nuestra historia con honestidad compasiva para adueñarnos de ella


La sesión de terapia más importante que he tenido también estuvo a punto de ser la última.

Tenía, ¿22 años? ¿23? No recuerdo. La edad en que uno comienza a sentir que las decisiones importan y que la memoria no es sólo un relato que nos contamos, sino una sustancia con peso y densidad propia que atraviesa todo el cuerpo y puede sostenerse con las manos para decir “esto he sido, esto soy”.

No es una edad marcada por la edad, sino por la voluntad de mirarse al espejo sin ilusiones. A algunos les llega durante la infancia (usualmente seguida de una tragedia), a otros les llega minutos antes de la muerte y otros no les llega nunca. A mí me llegó a los 22, o 23. No recuerdo.

La sesión de terapia inició con una revisión de mi vida. Yo fui un niño feliz y luego no. Yo bailaba y sonreía y hablaba sin miedo y luego no. A mi madre le paraban la carreola porque el nene tenía una mirada muy linda y luego a los 15 me quise matar.

Mi relato era el de aquel que alguna vez tuvo algo y luego lo perdió y no había podido hacer nada por recuperarlo.

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Una serie de eventos me marcaron para llegar a ese punto y para evitar hacer pornografía de la autoexposición, sólo contaré uno: me bullearon muchísimo en la secundaria. Feo. Sucedió sobre todo en la escuela, de la mano de los compañeros de mi salón.

El punto es que la pasé mal y eso marcó una buena parte de mi identidad.

Supongo que cuando le conté a mi terapeuta esta historia, esperaba despertar algún tipo de simpatía en ella. En cierto modo a eso estaba acostumbrado.

No es que me pusiera con honra la playera de víctima, pero sin duda disfrutaba algunas de las pequeñas ventajas de hacerlo, las pocas veces que llegaban: las sonrisas empáticas, los “lamento mucho que hayas pasado por eso”, la credibilidad que viene con narrar el dolor.

Cuando la has pasado mal, el relato vindicativo es muchas veces lo único que queda, la única forma percibida de ganar un poco de control sobre la propia historia: no puedo controlar lo que pasó, pero puedo controlar cómo te lo cuento y qué emociones despierto en ti. Es un poder lo mismo dignificante que peligroso.

Así que ahí estaba yo, exponiéndole a mi terapeuta las heridas de mi vida en uno de los actos más ensayados que tenía, cuando de repente me preguntó:

“¿Por qué permitiste que te hicieran eso?”

Me sentí indignado. ¿Cómo se atrevía a derrumbar mi relato así? ¿Cómo se atrevía a pasar juicio, a confrontarme de esa manera, a no extenderme la compasión inmediata que tanto esperaba?

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“No puedo creer lo que acabas de hacer”, le dije. “No vengo acá a que me juzgues con tus preguntas de psicología barata. Te estoy contando una de las peores cosas que me ocurrió y lo que me devuelves es por qué lo permití, ¿cómo si yo hubiera tenido que ver algo con esto? ¿Como si hubiera sido mi elección, como si lo hubiera disfrutado?”

“Perdón”, me dijo. “Me estabas contando algo muy doloroso y yo no supe ver que estabas esperando una reacción distinta de mí. Lamento haber dicho algo que te lastimó”.

Cada una de esas palabras las dijo con un tono suave, mirándome a los ojos. No es fácil sostenerle la mirada a una persona a la que acabas de decepcionar, pero ella lo hizo. Quizás por eso bajé la guardia.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo seguido de una pequeña ola de… ¿vergüenza?, ¿reconocimiento?, ¿miedo? Regresé a lo que me dijo y puse atención. Se estaba disculpando por la forma, pero no necesariamente por el contenido. La pregunta seguía ahí, flotando entre nosotros, esperando a ser mirada.

Así que sí. ¿Por qué había permitido que me hicieran eso?

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El reto de mirar(nos) de forma compasiva y honesta

El problema con el dolor es que sólo puede entenderse en retroactivo. Cuando uno adolece, no existe otra cosa más que el dolor. Al dolor no se le entiende, se le enfrenta y sobrevive. Así que hoy, a la fecha, no estoy completamente seguro de por qué permití que eso sucediera. Pero tengo algunas ideas.

“Me daba miedo decir algo”.

“¿Por qué te daba miedo?”

“Porque me fueran a tratar peor de vuelta. Supongo que pensaba que si lo aguantaba y no decía nada, en algún momento se aburrirían. A veces sentía que me estaban poniendo a prueba y no quería fallarla. Y otras veces…”

La voz se me quiebra.

“¿Otras veces, qué?”

“Otras veces, creo que lo aguanté porque me sentía solo y secretamente me hubiera gustado que me aprobaran. Los detestaba, pero también quería ser su amigo. No era que me cayeran bien. En realidad, hubiera detestado su amistad. Pero tenían estatus, iban a fiestas, saludaban personas, iban a la escuela con mucho más tranquilidad que yo. Y no sé, se me antojaba eso”.

“¿Alguna otra vez has dejado que pasen por encima de ti con tal de agradar?”

Los recuerdos que emergieron de esa pregunta fueron más de los que cabrían en este texto.

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¿Por qué no hice nada todas esas veces? En parte, porque tenía 15 años y un cerebro no muy desarrollado. En parte porque la parálisis y la colaboración con el agresor son formas de supervivencia.

En parte porque no hacer nada fue una decisión perfectamente racional: la mayoría de las veces que me podría haber peleado para defenderme hubiera acabado mal para mí. En parte porque este sistema castiga a quienes se le oponen y mis agresores eran representantes honorables del mismo.

Todas estas razones no son ni mi culpa, ni mi responsabilidad.

Yo no tuve ningún poder en llegar al salón donde existirían personas que necesitarían desquitar en mí cualquier tensión que existiera en su vida, como tampoco elegí nacer en un sistema social machista que incentiva a que los hombres violenten a otros hombres para validarse como tales.

Reconocer esto durante muchos años fue importante para mí porque me permitió deslindarme de la noción de que yo había hecho algo para merecer lo que sucedió.

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Pero existe otra parte. Sin ella, el relato queda incompleto. Esa que permitió que las cosas sucedieran. Esa que en algunos momentos me llevó a sonreírle a personas que no quería sonreír, hacerle favores a personas que no quería atender. Esa que me llevó a no defenderme las pocas ocasiones en que existió una ventana de oportunidad para hacerlo. Esa que me hizo repetir, durante años, el mismo patrón que aprendí: no agradar es peor que ser violentadopor lo tanto, tengo que agradar a toda costa.

Esa parte no fue la única. En cierto modo, es mínima. Si no hubiera existido, probablemente hubiera reaccionado de la misma manera. Sin embargo, sin el reconocimiento de esa parte, no obtengo una imagen completa de mi historia.

Y sin esa imagen, no puedo tener verdadero control sobre ella, ni entender la compleja forma en que repetimos el trauma que nos forma a lo largo de los años, ni perdonarme genuinamente a mí mismo por haber sentido cosas más complicadas de las que fui capaz de entender en el momento.

No es que mi terapeuta no viera mi dolor, es que lo miró con una dignidad que antes no existía: la de reconocer su complejidad y atreverse a mirarla sin miedo.

Y esa compasión genuina me ayudó a transitar mi historia de una manera en que nunca antes lo había hecho. Esa sesión sané.

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Lo que pensé que sería una visita detestable a mi historia terminó siendo un punto de inflexión, una revisión de la que salí más fortalecido, seguro y consciente de quién era.

Nunca más quiero volver a estar en esa situación de violencia, pero para que eso pase, tengo que saber perfectamente de qué pies cojeo, cuáles son los miedos que me quiebran, cuáles son las alternativas por las que opto cuando pienso que no existe ninguna otra alternativa.

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Duele reconocerlo, pero a veces hay acciones que nos acercan a la violencia, la infelicidad, la decepción. Realizar esas acciones tampoco significa que es nuestra culpa el vivir una situación dolorosa o quedarnos en ella, porque para que una persona decida realizar cualquier cosa que vaya en contra de su bienestar usualmente es porque tiene motivos muy poderosos detrás, conscientes o inconscientes.

Mirar el dolor es mirar un entramado delicado: se trata de observar la complejidad de cada evento en sí mismo, sosteniendo sus matices y contradicciones como distintas partes inseparables de un todo.

En mi caso, atreverme a mirar las maneras en las que yo participé de mi propia desgraciaaunque mínimas, me hizo tener una mirada mucho más compasiva hacia mí mismo. Haciendo eso puedo ver algunas cosas que no eran mi culpa: la violencia, los niños machitos, las dinámicas de integración y pertenencia de grupo, la necesidad humana de pertenecer y las violentas formas en que accedemos a ella.

También puedo, al mismo tiempo, ver aquellas cosas que tampoco fueron mi culpa pero, quizás sí, mi responsabilidad (es decir, aquello a lo que podía dar respuesta): la elección de un dolor sobre otro, las maneras en que denuncié o no lo ocurrido, la forma en que interpreté lo que sucedía en el momento, la forma en que lo seguí haciendo muchos años después.

Sólo a través de mirar nuestra historia con honestidad compasiva podemos verdaderamente volvernos dueños de ella.

(Un paréntesis final; este es el momento en que debo aclarar: nadie debería de hacer generalizaciones de este texto. Nadie. Esto no aplica para todas las personas, ni para todos los casos. Comparto esto porque es un proceso del que no se habla demasiado y del que, quizás, alguna persona saca algo valioso para mirar su propia vida. Hasta ahí. Si encuentras en este texto algo que te ayude, será algo muy lindo. Si no, deséchalo, sólo no era para ti. Y ya).

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