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Predrag Danilovic, el gran huésped de Fuenlabrada


Alberto Clemente

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“La gente no se lo va a creer si les digo que Danilovic no ha recibido en su formación mano dura, sino una mano de piedra. Pero él ha tenido una voluntad de hierro. No paraba en un entrenamiento hasta anotar 1000 tiros. No intentos, sino tiros”. Las palabras, de Zeljko Obradovic, son sólo un ejemplo de lo que Predrag Danilovic (53 años, 201 cm) significaba para el mundo. Un jugador generacional, el mejor escolta de los 90 en Europa y uno de los mejores de entre los nacidos en el Viejo Continente. Junto a Dražen Petrović, Nikos Galis, Manu Ginóbili o Anthony Parker es una referencia eterna, parte de una lista llena de historia y, al mismo tiempo, histórica. Y en ella está un hombre curtido al modo yugoslavo, nacido en Serbia cuando dicho país pertenecía a la República gobernada por Josip Broz Tito y que se crió en su formación de la misma forma jugó después.

Danilovic era un jugador total, con una mecánica de tiro como la de Pedrag Stojakovic y un manejo del balón como el de Manu Ginóbili. Excelente lanzador y anotador prolífico, tenía facilidad para el pase y una gran fortaleza corporal que le permitía ser diferencial en ataque y más que correcto en defensa. Botaba bien, tenía un potente tren inferior y se desenvolvía en cualquier circunstancia, haciendo del triple un arma mortal en una época en la que no se lanzaba tanto desde el exterior. No le importó que en su breve estancia en la NBA (75 partidos, 60 de ellos como titular) la línea de tres estuviera más alejada que en Europa. Promedió un 38% desde el exterior, un 43,6% en su primera temporada con los Heat de Pat Riley, con los que llegó a alcanzar los 30 puntos ante los Suns. Intentó una media de 4,2 triples en su estancia, una cifra muy alta en una década, la de los 90, en la que primaban las defensas, los posteos, los hombres altos y la efectividad en la zona.

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Riley, muy poco dado a los elogios, estaba encantado con Danilovic: “Sabe cómo jugar al baloncesto. Tiene mucho camino por delante, pero estoy gratamente sorprendido por su tiro exterior”, aseguró el Padrino de la NBA. Sin embargo, la leyenda de Sasha, como se le conocía amistosamente, se fraguó en Europa y en el baloncesto FIBA. Fue plata en Atlanta, en 1996, cuando una Yugoslavia ya en descomposición sucumbió al Dream Team II (69-95) tras superar en cuartos de final a China (anotando 128 puntos) y en semifinales a Lituania (66-58). En el Eurobasket, el puño de hierro de Yugoslavia (que se presentaría en su fase de disolución como Serbia y Montenegro) fue aún mayor: 4 oros consecutivos, todos desde 1989 a 1997 con la única excepción de 1993, edición a la que no asistieron a tener prohibida la participación dentro del contexto de la Guerra de los Balcanes.

“Sabe cómo jugar al baloncesto, estoy gratamente sorprendido por su tiro exterior”

Pat Riley

La final del Eurobasket de 1995 fue de esas que quedan para los anales. Danilovic, máximo anotador yugoslavo durante el torneo (17,4 puntos de media), anotó 23 en el partido decisivo, en un duelo estupendo con Šarūnas Marčiulionis, escolta rival, que se fue a 32. Eso sí, fue Sasha Djordjevic el auténtico héroe con 41 puntos en un encuentro en el que Avrydas Sabonis logró 20 y que Lituania amenazó con abandonar por las decisiones arbitrales. Mucha polémica, 4 jugadores expulsados por faltas (dos de cada selección) y 58 señalizaciones totales. Yugoslavia se impuso (96-90) en uno de los mejores partidos del baloncesto FIBA en la década de los 90 y también uno de los más increíbles de la historia.

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Yugoslavia vio rota su racha en el Eurobasket de 1999, cuando sólo pudo hacerse con el bronce. Danilovic disputaría luego los Juegos Olímpicos de Sydney, donde se precipitó su final. En el cuarto partido del campeonato ante Canadá, con 20 puntos en su cuenta particular, se rompió la rodilla. Fue su final, uno que llegó cuando acababa de firmar una extensión con la Virtus de Bolonia y con sólo 30 años.


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Savic y Danilovic, tras ganar la Copa de Europa con el Kinder de Bolonia.

En el club italiano le sustituyó, casualidades del destino, Manu Ginóbili, una estrella emergente entonces y una leyenda hoy en día. El argentino lideró a la entidad a la Euroliga en 2001, ya sin Danilovic, que había conquistado el mismo trofeo en 1998 por segunda vez. La primera fue en 1992, cuando el Partizán se impuso al Joventut en una vibrante final resuelta por un triple de Djordjevic en los últimos segundos. Se acababa así el dominio del Split, que no participó en esa edición y que había ganado las tres anteriores, toda una gesta histórica liderada por Toni Kukoc y que tuvo su relevo en el Partizán, con un Danilovic de apenas 22 años saboreando el éxito en la máxima competición continental. Fue un año en el que el club serbio tuvo que jugar sus partidos como local en Fuenlabrada por los bombardeos de la Guerra Civil de Belgrado. El escolta y su inseparable Djordjevic fueron la mejor pareja exterior de un torneo en el que el primero fue el MVP y el segundo fue el protagonista con la hazaña de la victoria. Entonces no se hablaban más que en los partidos (las rencillas de una plantilla muy joven), pero el abrazo en el que se funden al final, con la foto del lanzamiento en el despacho de Danilovic, queda para el recuerdo de dos jugadores generacionales que siempre fueron de la mano.

Danilovic se retiró en el 2000 con un currículum envidiable que incluye 5 Ligas (1 yugoslava y 4 italianas), 3 Copas (2 y 1) 1 Copa Korac, 6 medallas en torneos internacionales y un sinfín de trofeos individuales. En 2008, además, fue nombrado uno de los 50 mayores colaboradores de la Euroliga y elegido entre los 35 mejores jugadores del último medio siglo de la máxima competición continental. Una ristra infinita de éxitos que confluyen para convertir al serbio en una referencia eterna, uno de los mejores de siempre. Y que ahora, tras toda una vida, es honrado con su inclusión en el Hall of Fame del baloncesto español. Leyenda.

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